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martes, 19 de septiembre de 2017

Bailar y llorar: LCD Soundsystem – American Dream (2017)


Hay algo que cualquier oyente de LCD Soundsystem debe intuir: su música no es solamente un cúmulo casual de referencias, o un pastiche de rarezas musicales halladas por un crate digger. No. Lo que James Murphy y compañía hacen -como ya se dijo en distintas publicaciones- no es otra cosa que música sobre la música. Pero no música sobre el proceso de hacer música, sino sobre las ideas en torno a ella: el gesto referencial como un acto inherente de la creación, la cita contextual llevada a cabo desde una postura cool y con muy poco disimulo. Al menos eso aprendimos de los neoyorquinos hasta su inexplicable separación en 2011.

Con una fastuosa despedida en el Madison Square Garden, la banda parecía cerrar un circulo perfecto que en su recorrido ya había logrado no sólo la cosecha de discos cargados de una energía tan corporal como cerebral, sino además el consentimiento absoluto de la crítica musical. Sin embargo, con el anuncio oficial de su retorno en los principales festivales anuales -y con la publicación oficial de “American Dream”, su más reciente trabajo discográfico- LCD Soundsystem remarca el paso vertiginoso del tiempo y el contexto que, musicalmente, diferencia a una determinada época de otra.

Y es que, estéticamente, “American Dream” no se distingue en absoluto de trabajos previos -ese gusto obsesivo por el ritmo que bebe tanto del funk mutante de Liquid Liquid, como de las texturas sintéticas alla Brian Eno- Sin embargo, aquel aspecto solo reafirma un estilo particular en el trabajo de Murphy que, cinco años después, no siente la urgencia de encontrar resonancias con el tiempo presente. La consciencia sobre aquello es algo que rodea al disco y que se reafirma desde letras que exhiben el irremediable paso de los años. “Tonite”, el más reciente single, es como una voz auto consciente en plena crisis propia de una adultez apartada de los años de gloria. “American Dream”, la canción, retrata aquellas marcas del tiempo sobre el rostro que uno, de forma súbita, encuentra frente al espejo del tocador una mañana de domingo. “Other Voices” menciona a una mente llena de cartas jamás escritas a amigos lejanos. En ese sentido, el retorno de LCD Soundsystem puede tratarse de un esfuerzo ineludible por pasar el tiempo de la adultez huyéndole al vértigo de la jubilación.



Murphy, en todo caso, está lejos de considerarse un vejestorio, artísticamente o físicamente. Y es por aquello que las reflexiones constantes sobre el asunto sean, en el disco, un tanto extenuantes. Sin embargo, más allá de lo lírico, ¿cabría esperar un giro musical mucho más arriesgado que la comodidad hallada en la auto repetición? ¿es aquello algo con lo que uno debería estar agradecido? Depende del grado de compenetración propia y el gusto hacia el sonido particular logrado por la banda. Murphy, más allá de su rol de compositor, puede jactarse de ser un productor muy respetado y requerido por una lista variada de artistas (Arcade Fire, Jarvis Cocker y el propio David Bowie) “American Dream”, en ese sentido, exhibe un rasgo particular en las producciones de Murphy que es la construcción ascendente y gradual de la canción. Sumando, de a poco, elementos rítmicos para explotar luego en un festín de sintetizadores y percusiones épicas. “How Dou You Sleep?”, el tema medular del disco, es un ejemplo de aquella estructuración.

El disco no pretende revivir el legado de la banda ni su relevancia durante la década pasada. Atrás quedó el espíritu del tiempo marcado a fuego por la autocrítica hípster de “Loosing my Edge”, o el retrato generacional glorioso de “All My Friends”. Las personas que hace 10 años encontraban en estas canciones una especie de representación triunfal de su tiempo musical -el auge del indie que va desde de The Strokes hasta los coqueteos con el synthpop de Arcade Fire en Sprawl II-, y el miedo a ser superado por nuevas tendencias, ahora están seguramente acomodados en una familia y en un trabajo seguro, con distintas preocupaciones y mejores salarios. “American Dream” tiene un sabor melancólico alusivo no sólo a aquel tiempo pasado -el parentesco de muchas canciones con otras de “This is Happening”- sino además a un aura fantasmagórica talvez relacionada con la muerte de David Bowie, Alan Vega y Leonard Cohen (figuras muy influyentes en el trabajo de Murphy). Canciones como “Oh Baby” o “Black Screen” son, en ese sentido, referencias directas a Vega y a Bowie. “Change Yr Mind”, de igual forma, contiene alusiones sonoras que apuntan a la dupla Bowie/Fripp de Scary Monsters -las guitarras angulares y punzantes del alma máter de King Crimson- Pero además resaltan detalles lejos de lo evidente, como la invocación a Michael Karoli en las guitarras de “I Used To”, o la de Will Sergeant en la post punk “Emotional Haircut”.

James Murphy y compañía no solo son conscientes de ser unos saqueadores impúdicos de aquel segmento más arty de la historia del rock, sino además que no se preocupan por disimular la fuente de sus recursos estilísticos. “American Dream” conserva las mismas obsesiones musicales que hacen de LCD Soundsystem una banda imprescindible, aunque parezca que, para esta ocasión, hayan preferido suplantar ese impulso irresistible hacia las pistas de baile por un sentimiento más bien contemplativo y melancólico sobre la madurez. La resignación del personaje de “Loosing my Edge”, quien finalmente acepta ya no ser el tipo más cool y relevante entre las nuevas generaciones. Una continuación excitante pero menos triunfal, o la prolongación de un final que, hace unos años, parecía demasiado perfecto para ser real.



                

domingo, 17 de enero de 2016

Mueran Humanos – Miseress (2015)



Berlín como el epicentro de la vanguardia europea del siglo XX. La Genialle diletanten y la Neue Deutsche Welle. Inspiración y escenario de, por ejemplo, el Bowie más arriesgado. Algo de aquel escenario y su impronta modernista no puede dejar de ejercer un influjo directo en la creación de artistas extranjeros que habitan tierras germanas. Es el caso de Nick Cave o Edvard Munch, por nombrar algunos ejemplos. Sin embargo, Mueran Humanos, el dúo conformado por Carmen Burguess y Tomás Nochteff, no parecen dar crédito a tales especulaciones. El sonido del grupo argentino, que reside en Alemania desde 2008, sería muy probablemente el mismo en cualquier parte del planeta. O al menos eso es lo que sugiere la obra precedente del grupo. Ambos músicos, por separado, fueron parte de proyectos relacionados con la escena post punk under de Buenos Aires: ella aportando teclados en “Mujercitas Terror”, y él tocando el bajo en “Dios”. 

Dos años después de su más reciente Ep “El círculo” (2013), y cuatro desde su disco debut, Mueran Humanos lanzaron a finales del 2015 “Miseress”, primer trabajo discográfico bajo el sello ATP recordings; casa que aglutina a bandas como Fuck Bottoms, Deerhoof y Bardo Pond

El post punk y los sonidos post industriales son una marca indeleble en el dúo argentino, quienes en el 2011 sorprendieron con un primer disco articulado entre el punk y el synth wave minimalista. Tras un par de años rebotando entre sellos indies y publicando EPs por doquier, la banda decide formalizar la idea de un nuevo disco por primera vez desde el 2013. Apoyados hasta entonces por un sonido mucho menos orgánico, basado en máquinas de ritmo de gama baja y un sonido filoso de herencia post punk, era palpable la necesidad de actualizar el equipamiento de la banda  al momento de encarar el registro de un nuevo álbum. En ese sentido, los sintetizadores y las máquinas de ritmo de construcción analógica son fundamentales en la densidad sonora y la consistencia global de éste disco. 

Ante todo, “Miseress” es un álbum regido por principios estéticos. Incluso en sus momentos más turbios e hipnóticos (“Espejo de la nada”, “El círculo”), la perfección analógica y la pulcritud relucen en cada track, por encima del contenido subversivo y psicótico de su discurso. En todo caso, si hay un elemento de subversión en este disco, tiene más relación con la elección de sus afluentes musicales, antes que con su contenido lírico. Si el sonido de Mueran Humanos, apoyado siempre en el uso de synths y bajos crudos, pretendía antes una estética post punk brutalista, ahora el giro apunta hacia la repetición hipnótica y las texturas futuristas del krautrock (“Mi auto”, “La Torre de la Hora”)

El dúo argentino ya había probado antes con la formula post punk/kraut/industrial. Pero quizás la ausencia de una guitarra, o de algún elemento de cohesión entre la frialdad instrumental y la lírica paranoica, reafirmaba más la crudeza minimalista de su sonido. En cambio, Miseress cuenta con el apoyo de Jochen Arbeit, miembro de Einsturzende Neubauten.  Arbeit aplica texturas y una bien calculada dosis de ruido con la guitarra en distintos temas del disco. En “Un Lugar Ideal”, por ejemplo, es difícil distinguir si la distorsión proviene de una guitarra o de un sintetizador averiado. Aquella mixtura de ruidos deformes puede apreciarse también en “La torre de la hora”. Un laboratorio de experimentación sonora apocalíptico que conecta con la fúnebre “Epilog”. En cambio, la propulsión de “Mi auto”, casi un pequeño tratado de Kosmische Musik, explota con una distorsión machacante y riffs de estirpe heavy.    

En su tiempo, Neubauten, al igual que Mueran Humanos, invitaban a la subversión a través de un lenguaje netamente centrado en lo musical (diferenciándose en ese aspecto de, por ejemplo, Throbbing Gristle, quienes sí tenían una agenda política explícita) En Mueran Humanos las letras tocan elementos oscuros de la psicología humana (“Espejo de la nada”, “Guerrero de la gloria negativa”), o hacen referencia a filmes de culto como la francesa “The Nun” (“El vino de las orgias”) pero, en realidad, lo que prevalece es la luz por encima de la sombra. “Miseress”  el tema que da nombre al disco, abre con un resplandor insólito, apoyándose en sintetizadores arpegiados y texturas cristalinas. La voz susurrada de Carmen Burguess otorga un equilibrio de matices que van desde el oscuro más opresivo, hasta la luz pálida y fría de un velo fúnebre.

Para una banda, no hay mejor recompensa que ser reconocido por sus propios mentores. Algo que, a estas alturas, suponemos, no despierta mayor sorpresa en el dúo porteño, pues compartir escenario con artistas de la talla de Martin Rev o Michael Rother de Neu!, o sacar singles en el mismo sello que publica a Psychic TV o Einsturzende Neubauten, es casi una práctica habitual en la agenda de Mueran Humanos; pero no es algo de lo que cualquier banda latinoamericana pueda jactarse.

Este disco, muy al margen de ser un equilibrio entre luces y sombras, es algo así como una declaración de principios. Principios erigidos por la búsqueda de una estética brutal y pulcra al mismo tiempo. El dúo ha sido capaz de evolucionar su búsqueda en un periodo de tiempo relativamente corto, y ha demostrado que las fronteras, en asuntos musicales, son siempre imaginarias.





viernes, 1 de enero de 2016

30 años de Psychocandy: ruido, adolescencia y posmodernidad


¿Cuál sería la música que habría que desbancar ahora? ¿Contra qué hábitos ortodoxos del viejo rock habría que estrellarse en estos tiempos? Obviando el factor geográfico y cultural que raya la diferencia entre Latinoamérica y Europa, ¿acaso no existe siempre un síntoma general de que, después de cierta degradación cultural, las cosas tendrían que reinventarse sí o sí? Cuando el panorama alrededor parece irse poco a poco a la mierda, ¿quién es el primero en despertar a todos con un merecido sopapo?

Muy al margen de cuestiones netamente políticas (todavía era el auge del Thatcherismo), 1985 no era un año excepcional para Inglaterra. Los hermanos Jim Reid y William Reid (escoceses), probablemente hartos de que el pop inglés caiga siempre en las manos de viejos pedantes como Phil Collins o Bob Geldof, decidieron reencarnar la sencillez de la canción pop, a fuerza de guitarras abrasivas, gafas oscuras, cuero, y un muro de feedback impenetrable.

El primer atisbo de locura vendría un año antes, en 1984, con el single “Upside down” (Patas para arriba). Para aquel entonces, The Jesus And Mary Chain, ya tenían bien ganada una reputación de ser los agitadores incorregibles de la escena local. Sus cortos sets constituidos por puro feedback y ruido al extremo, no hacían más que sembrar la anarquía entre el público quienes, casi de manera inevitable, terminaban destrozando todo el escenario. Esto, sin duda, era una herencia que había dejado el punk de unos años atrás (la prensa ya los catalogaba como los nuevos Sex Pistols). “Upside down” puso finalmente en órbita al sello Creation Records de Allan McGee, y el gancho vino de la mano de un sujeto llamado Bobbie Gillespie, fanático del grupo que se encargaría de presentarlos ante McGee mediante un demo casero de la banda. Más tarde Gillespie terminaría ocupando el cargo de percusionista y serviría, además, de catalizador para el despegue final de JAMC.

El pop anárquico y abrasivo de “Upside down” era algo así como una violación auditiva despiadada para los oídos virginales del público ingles. La fórmula que combinaba el noise estridente de “Sister Ray” con la estructura del pop Spectoriano (The Ronettes, The Shangri-Las, The Beach Boys) predijo, incluso antes de que el Shoegaze se llamase Shoegaze, mucha de aquella dicotomía Ruido/melodía que envolvería las cabezas de grupos como My bloody valentine,  Slowdive, Medicine, o, incluso, de sucesos más contemporáneos como Black Rebel Motorcycle Club, o A place to bury strangers.

Y es que es justo admitir que “Psychocandy” (1985), el debut discográfico oficial de The Jesus And Mary Chain, marcó en adelante mucha de las pautas dentro de la música independiente, tanto como lo hicieron, en su tiempo, The Velvet Underground y The Stooges. Distando de estos ejemplos, quizás, en las aspiraciones de los hermanos Reid, las cuales  estaban visiblemente enmarcadas en un universo pop. De ahí que pasaran a firmar con un sello discográfico subsidiario de una major label, o que no tuvieran asco en admitir que les gustaría salir en Top Of The Pops, el portavoz mainstream de la televisión británica. A pesar de todo, y hasta un poco bordeando lo contradictorio, los hermanos Reid, junto al bajista Douglas Hart, tenían como principal objetivo buscar la trascendencia antes que el éxito momentáneo. Sabían que para ello debían rodearse de gente dispuesta a aceptar sus caprichos experimentales. De esa manera tomaron contacto con John Loder (sonidista y miembro del grupo anarcopunk Crass) quien, antes que intervenir de manera directa en la grabación de “Psychocandy”, optó por dar rienda suelta  a los caprichos experimentales de los Reid y dar forma, de esta manera, al debut discográfico de The Jesus And Mary Chain.

Está claro que, antes que condensar influencias musicales dispersas, los Reid querían, a toda costa, sacudir el polvo de la escena local. Ponerlo todo de cabeza. También es obvio que, para ese propósito, no bastaba con provocar motines caóticos en cada una de sus conciertos. Y “Psychocandy” fue, en parte, el disco que los obligó a madurar, formalizando las intenciones de un grupo que adoraba el pop vocal de los 50’s y el noise en partes iguales. Absteniéndose de llevar las canciones por terrenos demasiado intrincados, los JAMC sabían que podían ser extremadamente provocadores y violentos sin tener que recurrir a los viejos artilugios del rockstar (lease: solos de guitarra, maquillaje, glitter y falsetes). Limitándose a estructurar las canciones de la manera más sencilla posible y reforzando esta actitud con una imagen retraída, timorata pero, a la vez, misteriosa.

Canciones como “Taste Of Cindy” o “You Trip Me Up” son, en el fondo, gemas del pop vocal de los cincuentas recubiertas con capas de distorsión y ruido a tope. La estética dark que sugiere “The Living End” hace pensar que ésta podría ser, fácilmente, una canción incluida en el cortometraje “Scorpio Rising” de Kenneth Anger. “Coger la motocicleta y cortar la carretera como un cuchillo” acompaña perfectamente la imagen sombría del grupo escocés (Cuero negro, gafas oscuras y peinados post punk). Más allá de todo eso, es importante destacar la ayuda de Gillespie dentro del grupo, la cual no se restringió solamente a contactarlos con McGee, sino que termino de sellar, con impronta velvetiana, la base rítmica detrás de JAMC. Reduciendo su set percusivo hasta lo estrictamente necesario (tom de piso, tambor), y galopando así entre olas de acoples entre la maraña demencial de “In a hole” Pero, incluso en canciones más melódicas hay espacio para la perversión muy bien disimulada. “Just Like Honey”, hermosa y adictiva canción que abre el disco, esconde entre su atmosfera eléctrica una libidinosa referencia al amor lascivo y al sexo. “Sowing Seeds” transita exactamente por la misma senda, incluso en el beat inicial que invoca a “Be My Baby” de The Ronettes.


Para mediados de los ochentas, The Jesus And Mary Chain, habían logrado despertar el interés de casi todos los semanarios musicales británicos. Sin embargo, el grupo sabía que era urgente deshacerse de aquel rótulo incómodo que los reducía a ser los “nuevos Sex Pistols”. Finalmente, la estridencia pop de “Psychocandy” fue la fórmula que terminó por alejar a los bravucones que solo buscaban seguir el rastro de destrucción que JAMC dejaba en cada uno de sus conciertos. Y es que era más que evidente que, JAMC, contaban con un bagaje musical mucho más interesante que gran parte de los puristas del punk de aquel entonces. Basta con asomar la cabeza un poco en el silbido lacerante de “The Living End”, o en el pop noise de “Never Understand”, y descubrir que en el mundo musical de los Reid había espacio suficiente tanto para Einstürzende Neubauten como para The Shangri-las.

Hoy, a 30 años del lanzamiento oficial de éste disco, no es tan difícil rastrear las influencias que convergieron durante su grabación. Y tampoco es difícil darse cuenta porque tanta violencia contenida tenía que desembocar en un disco así de áspero, volcánico pero, al mismo tiempo, melódico y hasta popero en su estructura. En realidad, todo eso ya ha sido descrito incontables veces. La importancia de Psychocandy quizás sea el hecho de que concluye con una etapa  de ambición futurista dentro del post punk, e inaugura algo que podría ser considerado como la deconstrucción del pop a fuerza de ruido y erotismo. Los hermanos Reid lograron esta fórmula explosiva sin ser del todo consientes de que aquello sería muy difícil de replicar a la postre en discos futuros. La crudeza del noise como respuesta al hastío. Un afán cínico y hasta postmoderno de apropiarse del pasado y regurgitarlo con lascivia ruidosa. Pero nada de sentimentalismo retro ni nostalgia de por medio. Por eso mismo, que el grupo ahora decida celebrar este 30 aniversario tocando el disco en su totalidad pueda, ciertamente, parecer contradictorio, y amenace con arruinar cierta inmaculada respetabilidad. Pero, ¿todavía podemos hablar de nostalgia cuando el verdadero Ethos de psychocandy haya sobrevivido perfectamente al paso de los años y se refleje ahora  en el ruidismo indie de bandas hispanoparlantes como Los Mundos, Triangulo de amor bizarro o Davila 666? Entonces, y solo entonces, la celebración sí es justificada.